miércoles, 5 de marzo de 2014

Tiene un radio...para vivir.

Es como si todo lo que él es...
solo se vislumbrara cuando llena un vaso de agua,
cuando besa,
o cuando se aferra a su bicicleta.
Conversamos,
omitimos,
afirmamos,
discutimos,
silenciamos,
nada de lo que pronunciamos se corresponde a los ideas insondables,
agudas,
hasta a veces insufribles,
que colapsan  nuestro entendimiento.
Sin embrago,
derrepente,
casi por imprevisto,
o por azar... me encuentro mirándolo,
dos anónimos en silencio,
pienso que él me recuerda a una canción...
con augeros que no veo,
picaduras de escorpión, 
manos de marfil,
teclados de Taiwan, 
un chico conectado con la ciencia.
Incapacitados los dos de hacer descender nuestras sensaciones y percepciones mas hondas,
terminamos en un esbozo,
bosquejo,
de ideas inconexas
que caen desde las alturas,
abaratadas,
menguadas,
desvalorizadas,
salen de nuestras bocas... nunca  tan intensas como lo son en lo profundo de su cuna
y en definitiva... es cierto,
todo lo que ves o es como la imaginación se junta con total interferencia.
Así es como el amor se echa a perder... ocultos en un maquillaje de inocencia,
solo entregamos lo previsible.
Cuando ese presentimiento,
conjetura,
o presagio,
que nos acercó,
tropieza y colisiona con la objetividad de una realidad decretada,
gobernada por el miedo a la explosión suprema de sus integrantes...
concluye en un desorden y aturdimiento,
que naturalmente nos imposibilita  de revelarnos a nosotros mismos frente a los demás
desde nuestras verdades inmaculadas.
Solo queda una tentación,
un intento,
y  la leve sospecha de que quizás... nos este abrumando y estemos sobreviviendo,
resistiendo al mismo mundo de manera semejante.
Aquello que nos arrincona,
nos aísla,
se reúne,
y se impugna
en un solo movimiento,
tan intenso e inefable,
que ratifica esos sonidos indiferenciados unos sobre otros,
esos que no nos dejan,
ni nos van a dejar nunca... abrazarnos completamente.